Voces Escritas

EL SHOW GOURMET BRINDADO POR LA BANDA CATUPECU MACHU

Es ese devenir entre lo arcaico y la tecnología de vanguardia lo que define a Catupecu Machu. Por eso, no resulta casual que lo que para otro grupo funcionaría como un “acústico”, la banda de Fernando Ruiz Díaz proponga un ensamble entre lo orgánico y lo digital. O, en los hechos, una cruza de madera (las guitarras españolas, el cajón peruano) y microchips en forma de iPad (incorporado al set del baterista y percusionista Agustín Rocino) y la Mac y los teclados de Macabre.

El resultado es un show sofisticado, no sólo desde lo musical. Para este ciclo de presentaciones en el Samsung Studio, todos los miércoles de agosto, la banda propone un menú de tres pasos (arrolladitos primavera, curry de pollo, cheescake) que viene a significar una gourmetización del rock, o una evolución lógica de un grupo que supo (y aún puede) animar pogos de notable intensidad, pero que elije un ámbito donde la intensidad reside en la contemplación y en un goce pagano. Antes del show, mientras circulan copas y cazuelas, una música minimalista y un flow de imágenes de Picasso, Gauguin, Pollock, Kahlo y… ¡Milo Lockett! ambientan el salón.

Con las canciones de El mezcal y la cobra (2011) como hilo conductor, Madera microchip es también un show retrospectivo, que además de recorrer hits añejos, posiciona a Fernando en un papel de animador verborrágico, que casi en sintonía de stand-up, repasa escenas y placeres de la vida catupequense. Son dos sets que comienzan con aires flamencos.

El segundo, luego del impasse para el postre, incluye la participación de los hermanos Manzella. Laura es una bailaora fatal, que parece embrujada en un trance de bulería marcial; Carlos es un guitarrista intenso y sutil, el hombre que les enseñó a tocar la guitarra a los hermanos Ruiz Díaz. Hay, luego, paisajes de introspección experimental y onírica, en una búsqueda sutil y arriesgada. Y también versiones de Draco Rosa (“Más y más”, en medley con “El carretero”, del Buena Vista Social Club) y otro medley improvisado con versiones de García/Aznar (“Hablando a tu corazón”), Spinetta (“Seguir viviendo sin tu amor”) y Cerati (“Persiana americana”, a capella). Catupecu no tiene una fórmula. Es, más bien, una entidad que además de una producción artística concreta (son autores de algunas de las mejores canciones del rock vernáculo en los últimos tres lustros), encuentra en la mutación un modo de crear nuevas situaciones de confort, donde los riffs, las melodías y la poesía son sólo algunas de las piezas de una experiencia holística de bienestar.

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Escrito por vocesadmin el ago 4 2012. Archivado bajo Musica. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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